Doctrina
Título:Monarquía y República: un vistazo empírico
Autor:Hakansson Nieto, Carlos
País:
Perú
Publicación:Columnas de Derecho Constitucional y Derechos Humanos - Columnas 2021
Fecha:01-10-2021 Cita:RL-MCMLXXVI-726
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Monarquía y República: un vistazo empírico

 

Por Carlos Hakansson

La tarea de ocuparnos sobre algunos rasgos de la monarquía y república nos puede ayudar a comprender algunas de sus bases institucionales, advirtiendo que se trata de un ejercicio empírico recurriendo a la historia, cultura y actualidad. Si bien las monarquías se dividen en ciclos (de Austrias a Borbones en España; Hannover, Tudor o Windsor en el Reino Unido), las repúblicas sanas no se personalizan a través de caudillos que marcan diferentes episodios históricos. Otra diferencia descubrimos cuando la monarquía produce un efecto cultural vinculante en la sociedad, al punto, de convertirse en un principio transversal para toda su institucionalidad; las frases como el “leal gobierno de su majestad”, “al servicio de su majestad” y “la leal oposición de su majestad” que observamos en la Monarquía inglesa, no parecen haber calado tanto en Europa continental; en España, por ejemplo, la titularidad del ejecutivo se denomina Presidencia del Gobierno en vez del tradicional “primer ministro” propia de los parlamentarismos. Para el colectivo mental, los españoles piensan que votan al ejecutivo cuando en realidad lo hacen al Congreso de los Diputados, sin contar que parecen reconocerse más como ciudadanos cuando son súbditos de la Corona.

Las repúblicas modernas como forma de una comunidad política organizada, tienden a superponer su pasado virreinal o colonial con sus padres fundadores. En los Estados Unidos de América, las figuras de Washington, Jefferson, Hamilton, Lincoln, entre otras, se convirtieron en los referentes históricos intemporales para una historia todavía joven. También posee su propia terminología para diferenciarse de las monarquías, un problema que se produce cuando, por ejemplo, llamamos “Palacio” lo que bien pudo denominarse Casa de Gobierno, o también cuando la presidencia de la República participa en una ceremonia institucional y, en vez de estar acompañado de los titulares de los poderes legislativo o judicial, acude al lado de su cónyuge como si se tratara de una pareja real; hasta el tradicional “besamanos” son propios de una monarquía.

Es cierto que a inicios de nuestra República se cortaron algunas tradiciones. La Universidad cambió las vestes académicas por las medallas colgadas en una cinta con los colores patrios, similar acción para las altas magistraturas como los jueces, probablemente inspiradas de la Francia revolucionaria de fines del siglo XVIII; salvo el desconocimiento a los títulos de nobiliarios, no se propiciaron cambios profundos en las rígidas estructuras sociales como tampoco apreciar el ascenso económico y social del ciudadano común, que en otras latitudes se conoce como el common self man. No olvidemos que Tocqueville en su obra, La Democracia en América, escribió sobre el nacimiento de una República bajo el principio de igualdad, prediciendo incluso la abolición de la esclavitud.

A diferencia de la monarquía, la república permite a sus ciudadanos alcanzar las más altas magistraturas y, en cierta medida, permite al presidente mostrar gestos de sencillez y acercamiento con sus conciudadanos. Un ejemplo tan anecdótico como extremo fue practicado por Barack Obama, cuando salió de una reunión en la Casa Blanca para comprar hamburguesas a sus secretarios de Estado, respetando la cola del fast food como un ciudadano ejemplar. La monarquía resulta más rígida en sus protocolos y formas, pero en las familias reales no dejan de aparecer excepciones. El mejor ejemplo se lo llevó la Princesa Diana de Gales, apodada la Princesa del Pueblo, otro fue el Rey Balduino de Bélgica.

Sobre el parlamentarismo en una monarquía constitucional, distinta es la imagen de Reina Isabel II comparada con la Monarquía española o, al parecer, la nula atención que la serie de Netflix Borgen puso en la figura del Monarca danés durante sus primeras tres temporadas, sin dedicarse una mención o escena con su primera ministra. Finalmente, en la vida real ocurre algo similar con el presidente de la República Federal de Alemania, cuando recurrimos a Google cada vez que deseamos recordar su nombre y para distinguirlo del Canciller.



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